Carne de prisión (y 2)

Pues aquí estoy, queridos lectores, arrancando una linda nueva etapa en mi vida.
Aunque Los Angeles en un primer momento la encontré una ciudad fea, la verdad es que en mi día a día, fui descubriendo una preciosa urbe. ¿Se pueden creer que hay montones de negros? Pero muchísimos, de verdad. Pero se les ve contentos, bailan y saltan constantemente, y verles tan felices me gusta mucho.
En cuanto a mi trabajo, ¿qué quieren que les diga? La mayor parte del día me estaba tocando las pelotas. El chef me hacía pelar patatas, buscar en el ordenador personal alguna salsa francesa…. Yo me hacía el tonto porque me conozco todas las salsas del mundo, pero aprovechaba para mirar alguna web porno o consultar que hacía mi querido Numancia.
Un día me dijo que por la noche venía gente importante a cenar. Ya era hora, pensé para mis adentros.Iba a ser mi primer servicio. Decepcionado, entendí que sólo se trataba de una mesa de 9 personas… Una mierda de servicio, vaya. Pero el chef me alertó de que se iban a gastar mucho dinero…. Que tenía que salir todo extremadamente exquisito.
Llegó a primera hora de la mañana un camión blindado, de esos que llevan el dinero de las tragaperras, los operarios, pistolas en mano, nos hicieron llegar unas neveras típicas de las que usamos para refrescar las cervezas en el camping.
En el interior de las neveras, había varios paquetes de carne humana. El chef me hacía manipular la carne con sumo cuidado, pero a mí me sudaba la polla. Yo aoy un profesional y lo que quería era ponerme a cocinar pero que ya.
La indicación de la etiqueta del gobierno norteamericano disponía que se tratara de carne de mujer, blanca y anciana…. Nivel de textura 3, Gusto 6, Frescura 1 día, Muerte tipo 2. Bueno, todo eso me lo comentó el chef, porque ustedes entenderán que mi nivel de inglés no se movía del, “Hello,fucking fucking”, que quiere decir amor.

Sin vacilar, me metí un pedazo de carne cruda en la boca, necesitaba conocer el sabor de esa carne…. Mmm, que sé yo… Demasiado elástica para comer cruda, pero el sabor no fue para nada desagradable, aunque tampoco se trataba de una gran carne

Sin vacilar, me metí un pedazo de carne cruda en la boca, necesitaba conocer el sabor de esa carne…. Mmm, que sé yo… Demasiado elástica para comer cruda, pero el sabor no fue para nada desagradable, aunque tampoco se trataba de una gran carne pero, si la trabajábamos bien, se podía sacar un buen rendimiento.
Como snack, hervimos con un buen fondo, durante media hora las falanges, que una vez enfriadas y secadas, rebozamos con levadura nutricional, sal, pimienta y comino y tras un breve pero intenso golpe de freidora sazonamos con curri y sésamo tostado.
Con la panza de la señora acertamos de lleno en crear unas extraordinarias albóndigas. Picamos ajos y champiñones, que salteamos en una sartén, hidratamos unas uvas pasas. En un robot picamos la carne y lo mezclamos gentilmente con un queso cremoso, los champiñones, sal, pimienta, las pasas cortaditas y perejil picado.
Con las manos húmedas -muy importante- formamos unas pequeñas bolas estilo dim-sum y las pasamos por almidón, huevo y copos de avena triturado, por este orden, que si no la vais a cagar. El resultado se introdujo en la freidora y las acompañamos de una salsa de yogur y menta, bien sencilla y suave, para que los comensales disfrutaran del pleno sabor de las albóndigas.
Como sorpresa, entre platos, se me apareció la divertida ocurrencia -debido al morbo demostrado por los solventes clientes- de introducir misteriosos pedacitos crudos de carne en el interior de unos cubitos de gelatina de bloody mary. Una vez consumidos, deberían acertar de qué parte de la anciana se trataba. Queda mal, amigos míos, decir que mi idea fue la más aplaudida. Aunque, se nos prohibía ver a los clientes, escuchamos las risas y los gritos encucados del tipo que descubrió escrito en una hoja de piel, que en el interior de su estómago se hallaba nada menos que la pipa de la abuelita.
Con cierto nerviosismo, porqué no decirlo, nos acercábamos a la responsabilidad de hacer el plato principal.

Giulia Pugliese

Tomé las riendas de la cocina, apartando al chef como se tiene que hacer, ¡¡¡pisándolo!!!. Su estúpida idea de hacer un carpaccio me resultaba demasiado básica. En prisión, concoí a un cocinero negro. Pero negro de esos que apagas la luz y mejor que no te pille, porque te parte por la mitad, ya me entienden. El hijo de la gran puta tenía un rabo, que yo cuando lo veía venir, lo encendía todo. El putas era traidor, a la mínima te la clavaba…. Disculpen el inciso, pero seguro que tenían curiosidad por el pollón del chaval. Tenía…. Bueno, basta.
El preso, entre otras cosas, me enseño un plato típico de Nigeria. Puse cebollas, jengibre, hierba de limón, y el zumo de 5 limas en una cacerola de fondo pesado. Coloqué encima la carne de los glúteos y lo espolvoreé con guindillas machacadas. Lo cocí a fuego vivo hasta que empezó a desprender vapor, a continuación, tapé la cacerola y bajé el fuego. Lo dejé hervir a fuego lento durante20 minutos, al tratarse de señora vieja. Añadimos mantequilla de cacahuete, tomate triturado y el caldo de las rodillas.
Volví a llevar a ebullición removiéndolo bien, tapé de nuevo y a fuego lento aguanté 15 minutos. Lo decoré con perejil y lo acompañé con un sencillo cuscús.
No hace falta que les recuerde que la ceremonia fue un éxito espectacular. De esa manera tan simple me convertí en el chef más importante del mundo, las anónimas personalidades del planeta venían a dejarse auténticas fortunas para probar mis platos, cada vez más innovadores y creativos. Los hijos de puta, gobernantes, estrellas del rock, deportistas de élite, cada vez se atrevían -bajo precios cósmicos- a pedir cosas más morbosas. Incluso yo, viejos amigos, persona de moral transparente, me avergonzaba a qué extremo ha llegado la especie humana para hacer o pedir según qué.
Mi historia, termina de la manera más brusca que se pueden imaginar. Un día, mientras despellejaba a un señor, blanco y joven, aparecieron de la nada unos militares que me pegaron una paliza monumental y después de largos juicios, me metieron de una patada en el culo en una cárcel espectacular, con una cocina a estrenar, con todo tipo de utensilios tecnológicos que consiguieron que pasara los mejores años de mi vida.

Manresa 1971. Actualmente vivo en el barrio de Gràcia de Barcelona. Soy ex informático, trabajé en una empresa conservera hasta que hice un cambio radical en mi vida, haciendo lo que me gusta, cocinar. Fui cocinero en un hotel de la cadena Mariott en NewCastle (Reino Unido), después pasé por la escuela de hostelería, y ahora trabajo en el restaurante Arcano de Barcelona. He vivido en Manresa, Santander, Madrid, Tarragona, Premià, Newcastle, Mataró y Barcelona. Soy padre de una niña de 10 años. Próximamente, Edicions Sidillà publicará mi primer libro.

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