Los antihéroes

Es muy difícil describir porque unos compañeros de trabajo, unos compañeros que nos esforzamos hasta la extenuación para que el barco funcione, unos compañeros que antes y después de nuestra jornada laboral nos permitimos tomar unas cañas, unas risas y unos dancings, tengamos durante unas breves horas un odio tan extremo que llega hasta el punto de desearnos la muerte mutuamente.

Estoy hablando, sí estimados lectores, de la relación entre cocineros y mis queridos putos camareros. Queridos por que los quiero con locura. Es gente que sufre a mi lado las toneladas de horas que por norma nos comemos los de la hostelería. Y putos, porque durante las tres o cuatro horas que acostumbra a durar un servicio, se convierten en seres despreciables, en enemigos de la cocina, en chusma de la buena, en…en…en.

 

¡¡¡NO LOS PUEDO NI VER!!!

 

Después de esta tímida entrada, vamos a intentar desgranar el por qué de esta dulce y cáustica relación.

El final

Empecemos por el final, ahora que están muy de moda este tipo de escritos en la movida esnob literaria.

Había sido un servicio duro, bueno duro, de esos que se te va de las manos y acaba como el rosario de la aurora. Todos los currantes del restaurante estábamos en los vestuarios semi-triturados. Una vez todos en pelotas, era fácil, por el hedor corporal, adivinar en qué zona nos habíamos movido. El sector de colonia barata con tintes y aromas agrios de sudor dejaba entrever que era la peña de sala. Por otro lado, estábamos los del sector más tóxico, el del sudor, sangre, pescado, chocolate, hollín y ese toque sutil a crema catalana.

Nos acercamos a un momento de gran camaradería donde los cocineros, conscientes de nuestros vapores, pedimos a los camareros “mucho más femeninos”, que nos pasen sus botes de perfume. Justo en ese momento los dos grupos, ya con toda la ciudad durmiendo, salimos a romperlo todo. Unos oliendo a suciedad y los otros oliendo a cocineros.

¿La ciudad duerme? No, siempre hay algún tugurio donde meterse. Después de arrasar con todos los lateros que ya nos esperan a los pies de Arc del Triomf, nos dirigimos a un pequeño bar cercano a la estación de autobuses, donde a menudo no es fácil encontrar un rincón donde meternos para beber y comentar la jornada. ¿Por qué siempre los alrededores de las estaciones de autobuses son tan tristes? Como ejemplo, ese bar constantemente repleto de mendigos, borrachos, drogatas y viajeros al país de nunca jamás.

Oliver Benet Arnau

Salimos de allí y vamos como flechas al Diniester-Club, una puta mierda de discoteca, pero que tiene la particularidad de estar todos los días abierta. Mientras bailamos y nos codeamos con las chicas mugrientas que nos rodean, aparece la primera nota discordante. ¿Os parece que ponga un ejemplo?

Ejemplo 1

Protagonistas: Manolillo el camarero. Jenny, la chica.

Jenny: Ei, ¿qué tal?. Qué guapo eres. ¿Cómo te llamas?
Manolillo: Manuel, tú sí que eres guapa.
Jenny: ¿A qué te dedicas?
Manolillo: Soy camarero de un gran restaurante.
Jenny: Qué guay, te dejo que se me quema la casa. Ciao.

 

Ejemplo 2

Protagonistas: Pepito el cocinero. Vicenta, la chica.

Vicenta: Ei, ¿qué tal? Qué guapo eres. ¿Cómo te llamas?
Pepito: Pepe, tú sí que eres guapa.
Vicenta: ¿A qué te dedicas?
Pepito: Soy cocinero
Vicenta: ¿Follamos?

Señoras y señores míos, aquí viene unos de los males de nuestra a menudo terrible relación. Mientras los cocineros, por bien o por mal nos hemos convertido en unos auténticos ídolos, nuestros compañeros de viaje, se han quedado con el caramelo en la boca. Se han convertido en los antihéroes.

Oliver Benet Arnau

El principio

Los que trabajamos en grandes restaurantes tenemos claro que nuestro día a día es como una final de la Champions, cada día hay que hacerlo perfecto. El ayer no sirve de nada ¿Ayer lo hicimos bien? ¡Guay!, pero hoy tiene que ser igual o mejor, por lo tanto el nivel de estrés es perenne.

Jordi, Salsas y yo, ya hacía una hora que estábamos en plena mise en place. Mientras Jordi se peleaba con el encendido de las brasas, Salsas y yo nos repartíamos las tareas de la zona de pase y del cuarto frío respectivamente. Hoy, aparte de tener el restaurante lleno, se nos juntaba en plena hora punta una mesa de 40 personas, que no sé qué cojones celebraban. Este grupo tenía un menú especial que consistía en una degustación de primeros platos que ya la estábamos preparando, y un plato principal con diversas opciones a elegir. Nosotros, ya nerviosos, estábamos a la espera de que llegara el primer camarero, que encendiera el puto ordenador y nos cantase los principales, que con anterioridad los clientes ya habían decidido. Eso nos facilitaría mucho el servicio.

Arrastra el alma, nos cuenta que ayer lo atracaron al salir del restaurante y se ha tenido que pasar toda la noche en la comisaría de los Mossos para hacer la denuncia, y que lo ha perdido todo

Una hora antes de abrir el restaurante, aparece James, llega tarde, le echa la culpa al metro, ¡Me cago en su madre!! Cada día lo cojo yo, y nunca me ha pasado nada. Arrastra el alma, nos cuenta que ayer lo atracaron al salir del restaurante y se ha tenido que pasar toda la noche en la comisaría de los Mossos para hacer la denuncia, y que lo ha perdido todo. Nosotros nos creemos la mitad.

Nos empieza a explicar su vida y lo cortamos rápido -¡qué cojones nos cuenta!- que encienda el ordenata y nos diga cuántos entrecots han pedido, cuántos atunes y cuántas entrañas. Nos ofrece café, nosotros resoplamos, pero se lo aceptamos, necesitaremos en este servicio una gran dosis de cafeína.

Faltan 10 minutos para abrir y los gilipollas ya dejan entrar a una pareja de chinos. ¿Cuántas veces les tenemos que decir que no dejen entrar a nadie hasta la 1 en punto?

No encuentra el correo electrónico que mandó el cliente. Llegan más camareros, discuten entre ellos, el tiempo se nos echa encima. Empiezan a salir chispas, pero les dejamos por imposibles.

Faltan 10 minutos para abrir y los gilipollas ya dejan entrar a una pareja de chinos. ¿Cuántas veces les tenemos que decir que no dejen entrar a nadie hasta la 1 en punto? ¡Esos 10 minutos son vitales para nosotros! Lo tenemos todo controlado, pero todo hecho una mierda y empantanado. En esos 10 minutos, aprovechamos para limpiar, dar un último repaso a la plaza, ir a mear, hacer el último cigarro…. Dios…. Ya empezamos mal.

Oliver Benet Arnau

El servicio, pese a todo, empieza rápido y fresco, todo controlado, los clientes entran y son atendidos rápidamente, las sartenes, cuchillos, hornos van a toda pastilla, pero sin estrés aparente. Me empiezo a fijar en los putos camareros, un poco saturados y ya empiezan con sus trucos que nos joden a base de bien. Piden la comanda y no nos la cantan, se la guardan, así ganan tiempo, sirven la bebida y ahora sí, nos la marchan, por lo tanto nosotros empezamos a tener un alud innecesario de comandas que empieza a incomodarnos. Por su culpa la cosa se mepiza a torcer. Me cago en la puta, ¡tan bien que íbamos!

Entra el grupo de 40, y empieza a tambalearse la sala y detrás vamos nosotros. Cagadas con los puntos de la carne, equivocaciones con los pedidos, que si ahora un cliente quiere kétchup, que si el niño quiere un yogur de fresa, que si me puedes calentar en el micro el biberón de la mesa 7…. ¡Idos a cagar! ¡Aquí no hay quien trabajeee! A mí me están machacando en el cuarto frío con los postres, todo son cagadas y excepciones, y con tanta boludez me es imposible ir a ayudar a mis otros dos compañeros que se están dejando la vida entre fuegos, brasas y vapores.

Así es nuestro día a día, en la relación camareros-cocineros en mi restaurante. Hoy salió bien, no ha habido violencia, más de una vez se ha llegado a las manos.

Pero hoy, pese a todo, ha ido bie. Nos volvemos a poner las colonias y nos vamos a romper la noche de Barcelona todos juntos.

Manresa 1971. Actualmente vivo en el barrio de Gràcia de Barcelona. Soy ex informático, trabajé en una empresa conservera hasta que hice un cambio radical en mi vida, haciendo lo que me gusta, cocinar. Fui cocinero en un hotel de la cadena Mariott en NewCastle (Reino Unido), después pasé por la escuela de hostelería, y ahora trabajo en el restaurante Arcano de Barcelona. He vivido en Manresa, Santander, Madrid, Tarragona, Premià, Newcastle, Mataró y Barcelona. Soy padre de una niña de 10 años. Próximamente, Edicions Sidillà publicará mi primer libro.

Manresa 1971. Actualmente vivo en el barrio de Gràcia de Barcelona. Soy ex informático, trabajé en una empresa conservera hasta que hice un cambio radical en mi vida, haciendo lo que me gusta, cocinar. Fui cocinero en un hotel de la cadena Mariott en NewCastle (Reino Unido), después pasé por la escuela de hostelería, y ahora trabajo en el restaurante Arcano de Barcelona. He vivido en Manresa, Santander, Madrid, Tarragona, Premià, Newcastle, Mataró y Barcelona. Soy padre de una niña de 10 años. Próximamente, Edicions Sidillà publicará mi primer libro.

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